Durante años, la gestión de residuos fue un tema relegado, casi invisible, y muchas veces reducido a una simple cuestión de higiene urbana. Sin embargo, lo que emergió desde los márgenes —de la mano de los recuperadores urbanos— fue mucho más que una técnica de clasificación: fue una práctica social con potencia transformadora. Hoy, esa práctica interpela no solo al sistema de consumo, sino también al modo en que concebimos lo público, lo común y lo justo.
Este texto propone mirar el
reciclado desde una clave distinta: como una práctica política y cultural capaz de generar cambios concretos en la vida cotidiana, en las instituciones y en la organización misma de nuestras ciudades.
🌱 El reciclaje como práctica con potencia
A fines de los 90, el reciclaje no tenía legitimidad social. No se lo pensaba como una herramienta de cuidado ambiental ni como un derecho ciudadano. Era una tarea marginal, muchas veces asociada a la pobreza o la informalidad. Pero desde entonces, algo cambió: los recuperadores urbanos comenzaron a construir una narrativa, una pedagogía y una organización que fue ganando terreno.
Hoy podemos hablar de la “potencia de una práctica”: una capacidad de afectar y ser afectados, de generar nuevas relaciones entre las personas, los objetos y el ambiente. Clasificar residuos ya no es solo una técnica; es un gesto que cuestiona la lógica del descarte, el modelo de consumo lineal y la cultura de la obsolescencia.
Lo que llamamos “consenso enterrador” —esa idea dominante de que todo debe desecharse y ocultarse— comienza a resquebrajarse cuando la basura se transforma en recurso. En ese acto de detenerse antes de tirar algo, de mirar dos veces un cartón o una botella, se abre una tensión: ¿es esto realmente desecho? ¿Qué valor tiene? ¿A dónde va? Esa pequeña inquietud, repetida miles de veces, puede cambiar una cultura.
🛍️ Una nueva relación con el consumo
La clasificación de residuos obliga a preguntarse por el origen y el destino de los productos. ¿Por qué todo viene envuelto en plástico? ¿Por qué algo se rompe tan rápido? ¿Qué materiales son reciclables y cuáles no? Esta mirada crítica revela las contradicciones del mercado y abre espacio para una conciencia de consumo más justa y responsable.
Además, esta práctica ha logrado articular sectores diversos: escuelas, familias, comerciantes, organizaciones barriales. En esos espacios, el reciclaje deja de ser una acción individual para convertirse en un ejercicio colectivo. Se multiplican las campañas, los talleres, las ferias y los parques hechos con materiales recuperados. El Parque de los Recicladores en Caballito es un claro ejemplo de cómo esta lógica puede materializarse en el territorio, con compromiso barrial y trabajo cooperativo.
🌍 Cuidar la naturaleza desde otra mirada
Una de las ideas más potentes del texto es la de pensar a los residuos como “naturaleza transformada”. Ya no se trata de verlos como algo separado del ambiente, sino como parte de un ciclo vital que puede regenerarse si cambiamos nuestras prácticas. Esta visión pone en cuestión tanto el modelo extractivista de producción como las lógicas de consumo acelerado.
Desde esta perspectiva, el reciclado no es solo un gesto “verde”: es una forma de repolitizar el cuidado ambiental, integrándolo con las demandas por trabajo digno, equidad urbana y justicia social. Los residuos nos enseñan que el ambiente no es un “afuera” de la sociedad, sino una dimensión inseparable de nuestras prácticas, decisiones y formas de vida.
🏛️ De la práctica a la política: el reciclaje como derecho
Pero para que esta práctica gane escala, hace falta más que conciencia. Hace falta institucionalización. Esto significa convertir lo que antes era una acción voluntaria o informal en una política pública estructurante. Como sucedió con la salud o la educación, el reciclaje necesita reglas, recursos, planificación y participación.
Cuando eso ocurre, se producen transformaciones profundas. A nivel microsocial, en hogares, escuelas y comercios, surgen nuevas rutinas: contenedores diferenciados, señalética, roles familiares redistribuidos. El reciclaje se vuelve parte de la vida cotidiana y también de la educación informal. Empieza a construirse una ciudadanía ambiental.
Y a nivel macrosocial, el Estado empieza a reconocer al reciclado como un servicio esencial, con presupuesto, normativa específica y equipos profesionales. Esto implica disputas: con sectores empresariales que resisten la regulación del negocio del reciclado, con lógicas extractivas que se benefician de la informalidad, con modelos de gestión que excluyen a los trabajadores populares.
En este sentido, el reciclaje también es un campo de lucha. Lucha por el reconocimiento del trabajo de los recuperadores, por leyes de envases con inclusión social, por presupuestos que contemplen la dimensión ambiental. Y también es una apuesta por redefinir el contrato social desde la justicia ambiental.
✊ Una práctica que democratiza la ciudad
Lo más potente de esta reflexión es que nos invita a pensar el reciclaje no como una tarea menor, sino como una estrategia transformadora. Porque al modificar lo que hacemos con lo que desechamos, también estamos modificando nuestras relaciones, nuestros valores, nuestras instituciones.
Los recuperadores urbanos nos enseñan que, desde lo más invisible, se puede transformar lo común. Que una práctica cotidiana puede abrir paso a una ciudad más justa, más consciente y más habitable. Y que, en definitiva, cuidar el ambiente no es solo una cuestión técnica: es un acto político, profundamente humano y colectivo.
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