Elena Orellana, una mujer que no se rindió nunca

La actual presidenta de la cooperativa RUO, Elena Orellana, tiene una historia de vida marcada por el esfuerzo y el sacrificio. Forma parte de la cooperativa desde sus inicios y representa a cientos de mujeres y hombres que hoy defienden sus puestos de trabajo frente a la privatización encarada por el Gobierno porteño.

Frío invernal, calor sofocante, lluvias, nada de eso logró que Elena Orellana saliera a ganarse la vida recolectando cartones y otros residuos por las calles porteñas, a lo largo de muchos años. Elena, quien está a cargo de la presidencia de RUO desde hace tres años, sabe muy bien lo que es tomar el tren desde Moreno hasta Caballito, cuando ya muchos regresaron a sus casas y caminar cuadras y cuadras de madrugada arrastrando un carro diez veces más pesado que ella, para juntar todo lo que se pudiera vender y así darles de comer a sus ocho hijos. “Yo soy una más de la cooperativa”, dice. Hoy, el carro está en el ecoparque de Yerbal y Nicasio Oroño, como una verdadera pieza de museo, representando el esfuerzo de Elena, haciiéndolo rodar y rodar hasta lastimarse los pies de tanto trajín.

Su vida, como la de tantas compañeras y compañeros dedicados al reciclado, no fue fácil. “He sufrido mucho desde chica y tuve que salir a trabajar cuando tenía 8 años, mientras iba a la escuela”, recuerda. De aquella infancia atravesada por la violencia y la necesidad económica, Elena pasó a un matrimonio que tampoco resultó mejor. Después de años de maltrato, Elena tomó dos decisiones importantes: separarse y mantener a sus hijos ella sola. “Una vecina que era cartonera, me dijo que saliera a juntar cosas. Y así fue. Al principio me daba vergüenza que me vieran revisar los tachos”. cuenta. Casi todas las noches, dejaba al mayor de sus hijos al cuidado de los hermanos y salía con las más chiquitas a ganarse el pan de cada día. Casi siempre, volvían a su casa en Moreno, a las 2 y media de la madrugada y comían lo que les daban en algunos comercios. “Los retazos de los sangúches de miga o las pastas que sobraban de una fábrica de pastas, a las que les teníamos que sacar la yerba que le tiraban encima”. A veces, todo lo que había para repartir era un choripán.

La rutina se repetía de lunes a viernes y todos los materiales recolectados en la semana, se apilaban en su casa a la espera que pasara el camión que se los llevaba al depósito. “Con las chicas armábamos los fardos de 100 o 120 kilos desde muy temprano”. A la tarde, los chicos salían a vender entre los vecinos de la cuadra, los pastelitos que ella misma preparaba. Por entonces, en plena crisis del 2001, Elena frecuentaba los clubes de trueque y cuando no tenía nada para llevar, cambiaba su propia ropa por alimentos y útiles escolares para sus hijos.

Elena no siempre tenía para pagar el boleto de tren y llegar a Capital. Pero eso no le impidió seguir luchando. “Incluso salí un 31 de diciembre porque sabía que ese día iba a poder encontrar muchas cosas más. No pude llegar a Once pero hice el recorrido por Moreno y pude juntar de todo un poco”. Alguna vez cada tanto, algo así les alegraba el día y aliviaba por un rato, la situación.

Unos años después, comenzaron las asambleas en el barrio de Flores, con los representantes de la CTA colaborando para organizar lo que sería la actual cooperativa. Elena, siempre atenta a lo que pasaba a su alrededor con sus compañeros y compañeras, fue elegida delegada, más tarde fue Tesorera hasta ocupar la Presidencia actualmente. “Yo tenía miedo de que me rechazaran”, asegura pero fue desde el corazón del grupo que la convencieron para el cargo. “Sé lo que es el hambre, por eso siempre trato de ayudar”.

“Desde que existe la cooperativa, todo está más organizado”, cuenta sin perder un segundo el buen humor y la energía que desborda. “Ya no hace falta llevar todo lo que se junta al depósito de Moreno. Los recicladores no tenían guantes ni otros elementos para poder separar los distintos materiales. Estábamos muy desamparados. En cambio, ahora con la cooperativa todo mejoró, los recicladores y recicladoras tienen sus zonas delimitadas, por ejemplo”.

Los hijos de Elena pudieron estudiar (algunas de las chicas lo hicieron en la escuela que funciona en el Centro Verde de Caballito) y trabajan, para orgullo de su mamá que siente la satisfacción de que tanto sacrificio no fue en vano. Hoy, la lucha pasa por defender a RUO y a las otras once cooperativas de reciclado urbano de la privatización que busca el gobierno de Jorge Macri. “No hay que permitir que se queden en la calle miles de familias ni que nos saquen lo que nos costó tanto armar”, dice Elena. “No nos podemos quedar quietos, haremos medidas de fuerza, pero nunca vamos a agachar la cabeza”.

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