Entre los trabajadores y trabajadoras de la cooperativa, las 32 promotoras del Centro Verde de Caballito cumplen un rol fundamental que conecta a los vecinos y las escuelas con todo lo que se realiza en ese espacio verde.
En RUO, el trabajo de reciclado resulta una cadena de responsabilidades en las que cada eslabón cumple un rol específico e igualmente importante para que todo funcione bien. Como parte de esa cadena están las promotoras, 32 mujeres de distintas edades y con diferentes historias pero con la misma pasión por comunicar la importancia del reciclado y el trabajo minucioso que realizan los recicladores y recicladoras urbanas de la cooperativa. Ellas trabajan en el Centro Verde de Caballito, en la calle Yerbal, y son las encargadas de atender las inquietudes de los vecinos que se acercan buscando información sobre el reciclado, los talleres y otros temas. Además, se ocupan de guiar a los chicos y chicas de las escuelas que llegan al Centro junto a los docentes para hacer una visita didáctica. En resumen: son las encargadas de ayudar a fomentar la importancia del reciclado y el cuidado del medio ambiente que es el eje principal del trabajo que se hace en RUO.
Liliana Fernández, a quien todos conocen como Lily, es unas de las pioneras en el tema. Lily compartia muchos viajes en tren junto a Elena Orellana, presidenta de RUO, cuando ambas empezaron a trabajar como cartoneras, hace más de veinte años y desde la zona oeste llegaban con el Sarmiento a Once para hacer sus recorridos. “Pasamos por muchos procesos en todos estos años y la cooperativa siempre estuvo presente”, cuenta Lily. “Nos acompañó fraternalmente”.
Lily recuerda que. en sus primeros años, recorriendo las calles para recolectar materiales para reciclar, buscaba cosas que pudiera cambiar en los clubes de trueque. “Era el 2001 y yo no conocía la Capital. La cooperativa fue mi lugar de contención, cuando perdí a mi marido en la pandemia y hoy el parque del Centro Verde es mi refugio”, dice. Antes de trabajar como promotora, Lily vivía en Merlo pero la tarea cotidiana en el Centro Verde rodeada de la laguna que se recreó junto a las plantas autoctónas que ahora crecen a su alrededor, le despertaron la necesidad de mayor contacto con la naturaleza. Desde hace cuatro años que se sumó al equipo de promotoras y su vida dio otro giro: “A partir de trabajar acá, me mudé a Marcos Paz, donde hay más naturaleza, otra forma de vivir. Y le encontré otro sentido a la vida”, asegura. Lily está convencida de que, cada uno, desde su lugar puede aportar a mejorar la vida de toda la comunidad. “Se puede cambiar el mundo”, asegura.
Su trabajo cotidiano como promotora también le ayudó a comprender otras cosas. “Aprendí lo que dice el artículo 41 de nuestra Constitución Nacional y lo llevo en mis venas”. Ese artículo garantiza el derecho de todos los habitantes de la Argentina a vivir en un ambiente sano y equilibrado, estableciendo obligaciones de preservación y protección de los recursos naturales y culturales. Y reflexiona: “Eso me abrió la mente y el corazón”- Para Lily, su trabajo es mucho más que una rutina cotidiana, es una filosofía de vida que quedará como legado, además, para futuras generaciones. “Todos terminamos siendo compost porque somos parte de la naturaleza. Ser promotora me cambió la vida para mejor y yo quiero transmitir esa energía así”.
Otra de las integrantes del grupo de promotoras es Cuyen Simois que tiene varias tareas fijas. “Todas tenemos la responsabilidad de cuidar el Centro Verde, de asesorar a los vecinos y explicarles qué hacer con los residuos orgánicos y los no orgánicos cuando nos vienen a consultar. Llevamos un conteo de quienes pasan por el parque y somos las guías cuando vienen de recorrida, las escuelas”, enumera.
Cuyen detalla que la explicación del recorrido que hacen los residuos, en sus distintas etapas, es muy didáctico y va variando de acuerdo a la edad de los estudiantes. “Les mostramos los distintos elementos, también hacemos un poco de historia, por ejemplo, cuando les mostramos el carro que usaba Elena, la presidenta de la cooperativa, para recorrer las calles y juntar residuos; también conocen cómo era la primera enfardadora y la báscula para pesar los bolsones, que se usaban antes de las balanzas digitales”. Después, sigue describiendo cómo es el resto del recorrido: “Paseamos por el parque, les contamos que el predio, antes era del ferrocarril y estaba en desuso y que, después de la pandemia, la cooperativa lo recuperó con la laguna y las plantas nativas que hay ahora, con la ayuda del INTA”. Y agrega: “Sin duda, el Centro Verde fue una mejora ambiental para el barrio”.
En el sector de huertas, según explica Cuyen, trabajan los operarios que tienen algún problema de salud y no pueden realizar otro tipo de tareas. “Ese espacio creció mucho, ahora son tres las huertas y eso permite vender las verduras al público, además de usarlas para consumo de la gente de la cooperativa. Según las estaciones van variando pero tenemos acelga, remolacha, lechuga, arvejas, porotos, tomates, pepinos, zapallo, berenjenas, zanahorias y todo está planificado y ya, con el invernadero tenemos banco propio de semillas”, dice. Y muestra la ensalada de su almuerzo, con hortalizas frescas de la huerta.
Entusiasmada con su labor, como todas las promotoras que se capacitan para cumplir con su rol, Cuyen sigue contando todo lo que ofrece el Centro Verde de Caballito, como es el caso de los talleres. “Hay taller textil, de carpintería, de serigrafía y de arreglo de bicicletas, entre otros. Pero en el de bicis, la condición es enseñarles a quienes vienen a arreglar por sí mismos sus bicicletas. Es una conexión muy linda entre toda la comunidad con la cooperativa. Los vecinos nos acompañan y ya se sienten parte del lugar”. Cuyen sigue enumerando los talleres que ofrece el Centro Verde que van desde termofusión a computación, pasando por murga y porcelana, entre muchos otros, además de contar con especialistas para atender temas de género y la escuela primaria y secundaria. “Todas estamos orgullosas de ser parte del Centro y del trabajo que hace la cooperativa”.
Y con ese orgullo que se les nota en la mirada, Lily y Cuyen, en nombre de todas las promotoras comparten la emoción de formar parte del Centro Verde y de la cooperativa. Por eso, no pueden evitar la preocupación y la angustia ante la posibilidad de que todo eso se destruya si se concreta la privatización que puso en marcha el Gobierno porteño. Pero también, como ocurre con el resto de los trabajadoras y trabajadores de RUO y de las otras once cooperativas que se verían afectadas, aseguran que van a luchar por defender sus espacios de trabajo, por todo lo construido en los últimos veinte años y dicen: “No vamos a permitir que todo esto que significó tanto esfuerzo, desaparezca”,

